La madre, su rol en el hogar

Autor: Alejandra Carníval

«Las aldeas quedaron abandonadas en Israel, habían decaído, hasta que yo Débora me levanté, me levanté como madre en Israel» (Jueces 5:7).

Pienso que algo no anda bien cuando escucho decir: «La escuela, los maestros, la iglesia, el pastor, el líder deben hacer algo por mis hijos». Esta es una idea altamente nociva que intenta convencernos de que los demás, y no nosotros, son los responsables. Crecí en un hogar humilde, mis padres no acabaron sus estudios primarios, sin embargo trabajaron de manera tal que nunca me faltara el sustento pero por sobre todas las cosas se esmeraron en dejarme un legado de valores los cuales han sido el fundamento de mi vida y me permitieron llegar a convertirme en una mujer feliz.

Si algo va a acontecer en la vida de tus hijos será porque Dios habrá encontrado en ti a una mujer que asuma el rol protagónico que Él te entregó.

Débora anhelaba un cambio y tomó la iniciativa, no se quejó, no se deprimió, no huyó, no buscó culpables sino que ocupó un rol que estaba vacío y dijo: Todo estaba mal hasta que me «levanté como madre».

Me pregunto: ¿No serán las señales de decadencia espiritual de nuestra amada nación una forma de señalarnos que ella está huérfana; qué hay hijos que no gozan del cuidado, protección y enseñanza de una madre?

Ser madre es el privilegio más maravilloso que Dios pudo otorgarnos, sin embargo conlleva una gran responsabilidad.

En primer lugar la de ser ejemplo. Lo importante no es lo que decimos sino lo que hacemos. El dicho popular lo expresa: «Ver una vez es mejor que oír mil veces». Tu propia vida será un mensaje más que elocuente para tus hijos y tu actitud frente a ella, tu manera de hablar, de enfrentar las adversidades, de resolver las frustraciones, los enojos, los pleitos impactarán la vida de tus hijos. No es lo que decimos, es lo que hacemos. Uno de los recuerdos más vividos de los últimos momentos de la vida de mi madre, cuando ya se encontraba con escasa movilidad, es abrir la puerta de su habitación y verla arrodillada orando. Uno de mis hijos la ayudaba a ponerse de rodillas y luego de pie. Nunca me dio un sermón sobre la oración, su ejemplo dejó una huella imborrable en mi memoria.

Conviértete en una fuente de aliento para tus hijos. Necesitamos encontrar la medida adecuada entre la corrección y el estímulo. Por lo general tendemos a corregir, lo cual es importante, pero mejor es ayudarlos a ver lo importante que ellos son para nosotras y para Dios. No te canses de decirles cuánto Dios los ama. El mundo les dirá que no pueden, que no sirven, que no dan la talla, pero nosotras podemos acercarlos a su verdadero valor: son la niña de los ojos de nuestro Dios. Valiosísimos, queridos, siempre amados. Recuérdales que pueden hacer frente a todo porque Jesús los fortalece.

Y finalmente pelea por la vida de tus hijos. No te resignes a perderlos, a dejar que el mundo los atrape. Si son pequeños toma tiempo para leerles un historia bíblica y a orar por ellos. Tengo hermosos recuerdos de esos tiempos compartidos con mis hijos. Si son grandes continúa orando y declarando la Palabra de Dios sobre sus vidas. Fija tu mirada en lo que Dios dice de ellos y no en lo que las circunstancias te dicen.

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