Ministrar al Señor para salir a ministrar al hombre

Por: Pedro Ibarra

Amamos a nuestra Argentina. Nuestro sue­ño es verla redimida y transformada por nuestro Señor Jesucristo. Nuestro trabajo es interceder ante Dios y, a la vez, llevar a Jesús al corazón que todavía no lo ha recibido. En la tarea tenemos dos partes vitales: primero Dios y luego el hombre.

En este orden, como adoradores, deseamos que nuestro Dios sea conocido y honrado por sobre todo, y esto es porque tenemos celo de la fama de Dios. Aun en medio del deseo evangelizador, oramos como los pietistas que decían: «Dios no te pido nada, quiero a Dios».

Para el adorador, el ganar a los perdidos es traer a Dios a una persona, a un lugar o en una circunstancia donde antes Él no es­taba; aquí la gloria del Señor es la meta de la oración y el fruto es la cosecha.

El adorador va a Dios en su deseo de ministrarlo, amarlo, agradarle, ofrecerse a Él y estar disponible para Él, estar cerca de su corazón. Y es en esa cercanía que suele adquirir una conciencia de responsabilidad hacia las personas sin Cristo.

Esto no nace en el hombre sino que nace en el corazón de Dios, y viene a nosotros en forma de carga por los perdidos o, a veces, como una tierna compasión que sostiene en el tiempo nues­tro deseo de ganar el mundo para Cristo.

Sin esta luz, uno piensa que todo esto tiene que ver solo con que Dios responde la oración, pero la verdad bíblica es también ver de qué manera yo le respondo a Dios. Porque para que una oración tenga valor, necesito trabajar con esfuerzo para que aque­llo por lo que oro se cumpla, y así ser parte de la respuesta. En otras palabras, no solo orando sino evangelizando.

 

Alguien dijo: «Debemos orar como si todo dependiera de Dios y trabajar como si todo dependiera de nosotros». Adoremos a Dios y evangelicemos nuestra Argentina.

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